Para el mundo entero y los libros de historia local, fue el fundador de una joya arquitectónica de finales del siglo XIX y principios del XX en Maturín: el emblemático Hotel España. Pero para mí, antes que el gran empresario o la figura pública, era simplemente mi abuelo Panchito.
Aunque el tiempo ha pasado y mis memorias de aquel hotel son destellos lejanos y delicados de la infancia, guardo en el corazón escenas imborrables. Recuerdo caminar por aquellos pasillos y sentir el calor y la distinción que mi abuelo le imprimía a cada rincón.
A mi abuelo Panchito le gustaba consentirme con detalles maravillosos. Nunca olvidaré uno de los primeros y más especiales regalos que me hizo: la muñeca Rosalinda. En esa Venezuela de entonces, era un tesoro que muy pocas niñas tenían. Rosalinda caminaba, funcionaba con pequeños discos, contaba cuentos y cantaba con una voz dulce aquella canción del “Cochecito leré”. Era algo sencillamente mágico para mí. Además, a mi abuelo le encantaba verme lucir bonita; disfrutaba regalándome delicadas pulseras y joyas de oro que aún recuerdo con un cariño inmenso.
En la dinámica del Hotel España había también un alma entrañable: la señora Carlota. Más que la cocinera leal del hotel, Carlota era la gran amiga de mi abuelo, su confidente y su pilar en el día a día. Aún puedo evocar el aroma de sus platillos tan ricos, preparados con esa sazón casera y entregada que consentía a cualquiera que cruzara la puerta.
Entre esos recuerdos vagos pero profundamente sentidos, hay un pequeño momento que retrata a la perfección la nobleza de mi abuelo. Una tarde me serví una taza de café con leche que estaba hirviendo; como era muy pequeña, la taza me quemaba las manos. Al darse cuenta, mi abuelo no se molestó ni levantó la voz. Se acercó con suma paciencia, me quitó la taza con delicadeza y comenzó a pasar el café de un vaso a otro, una y otra vez, hasta que se enfrió lo suficiente para que yo pudiera tomarlo. Jamás me regañó. Su trato conmigo fue siempre de un respeto, una gentileza y una dulzura absolutos.
Hoy, aunque las paredes físicas del Hotel España hayan cedido ante el paso de los años, me reconforta saber que el legado de Francisco Bianchi no solo vive en las fotos de archivo o en las crónicas de Maturín, sino en la huella imborrable de amor, elegancia y ternura que dejó en mi vida.


